El amor es un sistema
Bromeó mientras preparaban el desayuno
y aquella tontería –ingenuamente boba,
infantil incluso– se mezcló con el aroma
de café recién hecho y alumbró en su rostro
una sonrisa quizá forzada (era un día
gris, híspido, desapacible), pero sonrisa
a fin de cuentas. Desayunaron, se vistieron,
se besaron, se abrazaron y cada cual
tomó su camino, ambos dispuestos a enfrentar
el fangoso tremedal de aquel jueves sin bálsamo,
urgidos ambos por luchas viles o banales.
Ella, golpeada por una ráfaga de viento
justo antes de entrar en la oficina, se sintió
como nombrada, como alumbrada, aterida
y arropada al mismo tiempo por un luminoso
vértigo, y en su cabeza resonó la frase
de anoche: «El amor, amor, es un sistema».
Él, absorto en el metro, camino del trabajo,
recordó también la frase de ayer, y añadió
para sí que el amor es un proceso, y un tiempo
de tiempos, y una terca acumulación de instantes,
y una firme construcción mental y emocional
que nos define de una vez y quizá por siempre.