DESHOJARES
Ahora que me voy volviendo cierta
y la mansa tarde se perfila en los contornos
de estas ramas mías.
Ahora:
abierta como se abre en dos la entraña
del sueño y cimbrea, en las cumbres,
la enésima despedida del verano,
he desenvuelto mi nombre,
lo he despegado del cuerpo
—se va libre de mí: huye a otro yo—
y soy en silencio la famélica sombra
de una ausencia.
Hoy que me rehíce palpable en los ríos
que cimentan la historia de la primera caricia
y el amago de la última, diré:
que me nieguen y me miren con
su familiar descostumbre
las plumas embrionarias;
que me adviertan
verdadera en la mirada disidente
mientras buceo en
la guerra de la noche donde somos
o en la certidumbre de los labios
que, recatadamente, acuden florecidos
a darse cita con el invierno.
¡Qué dolor el mirarse así
como contemplándose en la estela de un
astro con la certeza de que
no yace muerto!
Y volver al mundo satisfecha,
acaso desconocida, pura;
por si regresara el brillo
del parpadeo, el asombro primigenio,
la imantada extrañeza de amar
a contraluz o en la niebla, puro tacto solo
sin la afrenta del hierro,
cómo ya solo de lejos se aman
los árboles o las visiones
más insólitas.