Robert C. Christian
La niebla, siempre misteriosa, se condensó
como un témpano de hielo en el precipicio de un tejado.
Por ese cristal atravesaban rayos que procedían de muy lejos.
Luz digerida y modificada, radiación interesada
(como se comprendió después).
“Soy donante, soy altruista, soy generoso”,
dijo su voz a través del prisma
por el que se difractaban las auténticas intenciones.
Una vieja treta la de aparentar
preocupación por los otros.
Una vez alcanzado ese estatus de cuidador de la Humanidad
uno puede decidir el futuro
o el no futuro de los demás.
Porque para salvar a la Naturaleza
hay que eliminar a la mayor parte de los hombres.
La verdad, la belleza, el amor…
Dulces palabras para disimular la muerte
que llega de la mano de la era de la Razón.
En lo más alto del condado de Elbert,
en Georgia,
estalló la luz como una bomba de hidrógeno.
Ni las piedras quedaron
como legado de Robert C. Christian.
La niebla no permite ver
ni siquiera su escudo masón.