Acercándonos, últimos, al fatuo puente del silencio,
¿recodaremos lejanos, e incluso ajenos, cuantos pasos,
hasta entonces, regencia eran del eco en sus estelas?
¿A qué cordura, a qué trampas de la galante cordura
accedo ahora temiendo un día de hostiles aires y amores vanos,
cuando sus cenizas nos presidan casa y canto,
la tímida calamidad de ir viviendo?
¿No diríamos triunfo ser llama todavía, lealtad
del fuego, senderos?
¿No lo es, acaso, nuestra sangre, que de la pugna vive,
y en cuyos mapas todavía cantan las nieves
pérdidas y espesura,
remotos mestizajes, la equidad de la locura,
diosa del domingo, imán del presente?